¡Por fin fotos de mis vacaciones!
¡Ueeeehh!
¡Y yo no aparezco en ninguna!
¡Ueeeehh!

Bueno, mi culo un poco sí, pero ya ves tú. Y es que, no sé vosotros, pero yo en la playa no me hago fotos. Quicir, ¿con la cara llena de crema y esos pelos? Ni de coña. Además con las manos llenas de arena yo no toco mi reflex, que ya hemos tenido suficientes disgustos. Y no es porque no haya nada digno de fotografiar, al fin y al cabo, es un hotel de Borjamaris y si por algo están caracterizados, a parte de por ser destino vacacional de tan divertidos personajes, es por los modelitos de las Cayetanas, Carlas y Rocíos que los acompañan. Porque van muy monas ellas siempre: bikini con pareito a juego, chanclas con plataforma (y si me apuras tacón kitten, que lo he visto), bolso en el mismo tono y gafazas de sol grandes que te mueres. Bueno, esto último un poco como yo porque me las pongo cuando bajo a desayunar y no me las quito hasta que me meto en la ducha para prepararme para la cena.

Y ¿qué he hecho en la playa? No-broncearme, leer y cotillear. (Porque lo de comer y beber como si no hubiese un mañana viene ya implícito en el concepto de vacaciones ¿no?) Es que tampoco hay mucho más que hacer, eso sí, qué blanquita he vuelto, qué libro tan bonito me he leído y qué de cotilleos traigo. De hecho para mí los días que paso en Cádiz son un poco como un estudio antropológico. (El tiempo en Mérida también ¿eh? Yo no discrimino por ciudades).

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(Hale, yo ahí conservando el misterio como veréis. Ya pa’ qué os vais a leer el resto del post ¿no?)

Once de la mañana, julio, Madrid (aunque perfectamente podría ser agosto en el Sahara porque MENUDO CALOR y no son ni las doce). Un bizcocho en el horno (porque ¿por qué no encender el horno ahora con la fresca?) y tú arrastrándote por los suelos porque no es mediodía pero tú ya has limpiado, hecho ejercicio, te has duchado y hecho un puto bollo. En ese momento te acuerdas de aquella limonada casera increíble que tomaste en Budapest (aquí la pruebatercera foto, cara de pan que te mueres) y de toda la fruta que compraste el otro día específicamente para hacerla. Y ahí vas, buscas la receta en Internet como buen ama de casa de los 50 (que si en aquella época hubiese habido Internet, todas habrían tenido Pinterest y un blog de cocina. O sea como ahora, vaya) y te pones a hacerla.

No has visto que nadie le eche naranjas pero la que tomaste en Hungría llevaba y estás segura de que era eso lo que hacía que la bebida estuviese tan buena (el kilo y medio de azúcar para rebajar amargura, nada que ver). Y vamos, por tus narices que tu limonada también va a llevar, porque es tuya y le pones lo que te de la gana, hombre.

Y así queda tu receta. (Mi receta. ¿Nuestra receta? ¿Cuántas veces puedo repetir esa palabra hasta que me penalice Google?)

limonada2

Ingredientes para una jarra de limonada

1 taza y media de agua
1 taza de azúcar (el azúcar glas se disuelve mejor)
2 tazas de gaseosa
Limones, limas y naranjas (sí, naranjas para una limonada) para hacer:

1/2 taza de zumo de limón
1/2 taza de zumo de lima
1/2 taza de zumo de naranja (natural)
Y trocitos

Hielo como para una boda (sin exagerar, en serio)

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Moza recia, ¿t’apetezco? ¡Que tengo tierras!

Igual no es exactamente lo primero que oyes por la calle cuando llegas a cualquier pueblecito español, pero yo creo que es lo que pensamos que vamos a escuchar todos los madrileños cuando salimos de la capital. Es poner un pie fuera y hale, todo provincianos. Que igual tú vienes del pueblo (o el barrio) más cateto de todo Madrid (que los hay, y en abundancia) pero ahí estás tú sintiéndote todo refinado por ser «de ciudad».

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