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He ligado en el gimnasio

escrito por Jessica V. 3 diciembre, 2015

Mi vida a.C. (antes del CrossFit)

amor fitnessPetits, ¿os podéis creer que hay desequilibrados por ahí sueltos a los que les gustan las tías en mallas? Más aún: ¿os podéis creer que haya tíos por ahí a los que les guste yo en mallas de deporte? Flipante, lo sé. (Que por cierto, está mi móvil empezando a corregirme flipando por f*llando; como con esperanzas. Ojalá, ¿eh? Ojalá).

Al lío, que he ligado en el gimnasio. Sí, se puede. (Vítores de fondo). Como todavía no sé muy bien cómo ha pasado, os lo voy a contar y analizamos la jugada a ver si tengo la receta para el amor entre mancuernas y estamos aquí como si nada.

Os pongo en situación: hora de comer, el gimnasio desierto, al fondo una loca en mallas (más conocida como yo) haciendo glúteos, que luce mucho. Entran dos mazaditos tipo anuncio de suplementos proteínicos, de esos de pechito reventón, hablando con acento canario.

[De esto podemos ir deduciendo ya que la clave NO ESTÁ en ir a la hora de comer porque por norma general estás tú sola haciendo elíptica que parece que te va a dar un tabardillo].

Yo a lo mío en mi maquinita hasta que pasa por delante el Canario nº1 hacia las pesas. Pienso dos cosas: «Qué tío TAN padre de mis hijos» y «¿Qué bragas me he puesto hoy?» No porque tenga intención de enseñárselas, no, más bien porque fijo que me he puesto las de cuello vuelto y se me marca toda la costura con los pantalones del gym. Y así no se puede ligar, tía, eso seguro.
Mientras yo paso por todo este drama braguil, el futuro padre de mis hijos y el canario accesorio (porque a todas luces el otro tío es accesorio en esta historia y vamos a hacer como si no existiera porque MEH) se ponen a hacer sus cositas.

[Puede que la clave esté en las bragas].

Cambio de ejercicio. 30 repeticiones. Descanso. Subo pesME ESTÁ MIRANDO. Aquí no ha pasado nada, sigo a lo mío. Nos cruzamos, le sonrío, me tumbo para hacer press de pecho y cuando termino está recogiendo esas pesas de 250 kilos que se ha puesto claramente para impresionarme porque si no de qué. Se mira en el espejo, flexiona el bracito (del tamaño de un jamón ibérico) y pone cara de dolor. Me río y planto la semillita:

—¿Duele?
—Un poco.

Me lo creooo. Me tumbo y sigo a lo mío. Se acerca, ha funcionado.

—¿Te ayudo?
—¿Tengo pinta de necesitar ayuda?

Que vosotros diréis «Si te lo quieres ligar mal vamos». Eran mis bragas de abuela las que hablaban.

—No, era porque así podías coger más peso; conocer tu límite.
—Gracias, pero mi idea es hacer músculo largo, más repeticiones, más rápido, no grande. Estoy bien.

Le dejo flipado con mis amplios conocimientos de musculación. Tranquilos, solo sé esto, pero él muchas luces no tiene. La verdad es que a partir de aquí fue un poco lo mismo de siempre: yo haciéndome la dura, él desconcertado porque le había entrado yo, él siguiéndome al banco Scott (que es una trampa para tetonas donde las haya) y yo dándole mi número de teléfono, porque hemos venido a jugar.

[Definitivamente la clave está en las bragas].

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