Hace unos meses escribí una de esas cosas que nunca publicas porque dicen demasiado de ti, que no cuentas porque no son tan fieles a la realidad como tú creías. De esas que solo le enseñas a quien, confiabas, lo entendiera.

Hace unos días una amiga parafraseó una de las ideas de eso que escribí, algo que ella no podía saber porque no lo había leído y que me hizo darme cuenta de que a lo mejor no soy la única que lo piensa. Hablábamos de mi última montaña rusa emocional (porque al parecer si no es así, no me monto):
—… y si no, es otra historia más que contar.
—Ya, pero me estoy cansando de acumularlas.
—Si es que eres muy joven.
Sí, soy muy joven. Soy muy joven para tener tantas experiencias que contar en este terreno. Soy muy joven para haberme tenido que recomponer tantas veces. Porque eso es lo que hago. Recomponerme una y otra vez. Y me llama mucho la atención, porque la gente que me conoce (mucho, bien) cree que todo el cinismo y los comentarios sarcásticos se traducen en una falta total de interés por el amor. «Es que te cierras demasiado en banda a lo que pueda pasar». Y no es cierto, si lo pienso, no conozco a nadie tan abierto a las posibilidades como yo, al amor. Siendo todo lo dura que soy, con todo lo que he vivido, y con todos los comentarios que hago y las cosas que escribo y opino sobre las parejas, soy la que más veces se ha expuesto a ello de las personas con las que me relaciono. Porque sí, después de cada chasco y tras cada Protocolo Fantasma que tengo que aplicar se añade una capa de hierro a la coraza que llevo en el pecho, y pesa, pero ¿no es mejor eso, tratar de bloquear el dolor y no dejar que te hiera tan profundo para poder avanzar, que esperar a que tu corazón se componga nada más que de tejido cicatrizal y arriesgarte a formar un callo tan grueso que ya no sientas las caricias de nadie?



