
Aquí estoy, un día más, gustándome los gilipollas. Porque esto es así, los que me conocéis lo sabéis, y los que no, pues ya os lo cuento yo. ¿Y por qué me gustan los gilipollas? Nunca lo sabremos, pero así es, así que vamos a aprovecharlo; que mi experiencia no caiga en saco roto: a lo largo de los años (que no han sido muchos, pero sí muy intensos) me he cruzado con muchos tipos distintos de imbéciles. Del que quiero hablaros hoy es El follarín de los bosques. Y ¿qué es un follarín de los bosques? os preguntaréis angustiados. Bueno, pues así, a grandes rasgos, un follarín es el típico tío que va metiéndola por doquier (¿a que poniendo por doquier parece que se suaviza lo de meterla?). Es el chico que te come la oreja para acostarse contigo y tan amigos. O sea que de algo más te olvides, chata. Que si es lo que quieres, bien, pero si no, un poco por saco sí que da perder el tiempo. Y ya que me preguntáis de dónde viene ese nombre tan guay (porque es guay, y lo sabéis), os diré que debe de haber sido por generación espontánea, porque no es porque el tío te lo vaya a hacer en un pinar ni porque sepa hacerlo siquiera, (ya sabéis, cantidad NO es igual a calidad).

Total, que estás conociendo a un tío y no tienes claro de qué pie cojea. Estas son las claves para saber si tu chico es un follarín de los bosques:

