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Erasmus en París

Bueno, pues para los que no me sigáis en Instagram (no os perdéis mucho), Twitter (os lo estáis perdiendo todo), ni en Facebook (esto no os lo perdono) os pillará por sorpresa pero POR FIN os escribo desde España. Desde Madrid para concretar más (y ahí lo voy a dejar).

Entre que vino mi hermana y me fui a Budapest, o sea en menos de 24 horas, me di cuenta de que en París ya no quedaba nada para mí y de que tenía que salir de allí cuanto antes. Le he regalado a Francia un otoño, un invierno y una primavera; el verano lo tenía que pasar entero en España. Así que decidí que en cuanto volviera de Hungría cogería un vuelo hacia Madrid y terminaría mi Erasmus. Y eso hice. El día 21 estaba volando de vuelta al nido y os lo contaba con esta maravillosa fotografía (entenderéis porqué no uso IG) con el siguiente mensaje:

Porque a estas alturas mi relación con la ciudad de las luces era un poco como «No eres tú, soy yo. Que ya no te soporto». Así que tenía que huir irme, obviamente.

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¿Sabéis que hay gente que te cancela los planes 10 minutos antes de la hora a la que habéis quedado? Es más, hay gente que no te avisa de que no va a quedar contigo hasta que tú no les escribes. Que puedes llevar media hora esperando (yo solo espero 15 minutos, también os lo digo) y llamarles porque estás preocupada y entonces es cuando te dicen que al final no van porque están cansados, les duelen los pies, se les ha muerto el canario, o yo que sé. ¡Y esa gente duerme bien por las noches!

Pero bueno, volvamos a la gente de los diez minutos. Que teniendo en cuenta que tú tardas 15 en llegar al punto de reunión, a ti el mensaje de cancelación te pilla ya arregladísima y bajando las escaleras del metro. El segundo piso de escaleras del metro, para ser más concretos. Vamos a ver, petits, yo tardo una hora en arreglarme, lo que significa que si hemos quedado a las 22:00 y tardo 15 minutos en llegar, voy a empezar a prepararme a las 20:45 (porque ya puede haber un cataclismo, que yo no llego tarde a ningún lado). Pongamos que la mujer media tarda lo mismo que yo (que me parece un pensamiento razonable), si es así, ¿no podrías haberme avisado a las 21:00? Quiero decir, si no ibas a venir, no te has arreglado ni nada ¿no? Y esa hora no la inviertes en ducharte, arreglarte el pelo, maquillarte y elegir ropa (aquí es donde se me va a mí esa hora) y accesorios (que no sé si os lo había dicho pero soy muy de perlas y collares statement, por cierto. Un poco entre Julia Child y Gossip Girl. Algo rollo Mesenso. Por si me vais a regalar algo, vaya) ¿no?
Tía, podrías haber utilizado 2 de esos 60 minutos en ESCRIBIRME UN PUÑETERO MENSAJE. Porque igual es jueves, y después de haber estado todo el día paseando por París, lo último que me apetece después de los box jumps de rigor (el CrossFit me está afectando en TODO) es levantarme de donde quiera que haya caído al terminar el ejercicio para empezar a emperifollarme (¿vosotros también jugabais a los Sims? Esta palabra solo la he leído ahí).

Encima, para estas situaciones tampoco hay muchas opciones:

  1. Con la inercia de haberte puesto guapa y salido, sigues bajando al metro y te vas tú sola al bar/fiesta o a donde sea que fuerais a ir.
  2. Bajas al metro pero coges la otra dirección y te vas a ver al chico con el que estés saliendo en ese momento y/o quedas con otra gente.
  3. Bajas al metro y te tiras. (La opción más rápida, obviamente).
  4. Subes los dos tramos de escaleras desde el metro, te vuelves a casa, te quitas los tacones y las perlas y compras un billete de avión para que tu hermana venga a verte a París. (En vuestro caso lo del vuelo es opcional).
P. D.: Qué asco la gente.
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NOTA DE PRENSA

Os voy a contar un poco mi día porque a lo mejor me muero esta noche después de todo:

Me he levantado a las 6 de la mañana en Budapest; he cogido un vuelo (con retraso) a las 11:10; he llegado a París a las 13:15 y al centro a las 14:45 (mierda de aeropuerto de Beauvais, coñe, que es que está en el culo del mundo). A las 15:40 he llegado al banco con la maleta a cuestas (sin comer desde el yogur de las 7 de la mañana pero sin parar porque no podía llegar tarde, se me va a quedar tipín) y a las 16:10 entraba por la puerta de casa.
Me he puesto a hacer la comida diez minutos después, porque a las 17:00 tenía la revisión del piso (ay, mi batcueva). Como comprenderéis, comer era un lujo que no me podía permitir, así que más bien he engullido los macarrones que me he preparado (una maravilla, por cierto, aunque esté fatal que yo lo diga. Es que cocino muy bien, no sé por qué no me están lloviendo las ofertas de matrimonio, sinceramente, si hasta sé hacer velitas caseras, POR FAVOR. Porque eso son habilidades supernecesarias hoy en día ¿no?). Al final el ayudante del casero (porque no iba a venir mi casero, hombre por Dios) ha venido a las 17:05 (¡Ueeh! 5 minutos de sobra para ponerme unos pantalones antes de que llegase) para encontrarse con todo el piso inundado en la mierda. Porque eso es lo que queda cuatro días después cuando sales a las 4 de la mañana para coger un avión a las 6 hacia Hungría. Mira, ¡qué vergüenza! Yo no tengo el piso sucio JAMÁS (que os lo diga Emma). Y hoy que tiene que venir el tío este, comido de pelusas. Menos mal que me vuelvo a España porque de verdad que no puedo volver a mirar a ese muchacho a la cara.
En fin, que 45 minutos de exhaustiva inspección después, aquí estoy, muerta. Muerta de la vergüenza y del cansancio. Gracias a Dios de hambre no, porque ya lo que me faltaba.

P. D.: Mañana volvemos con la programación habitual, como quien dice.

P. D. 2: Budapest genial. De eso también hablaremos, no os preocupéis.

P. D. 3: ¡Qué vergüenza, coño!

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