
A ver, parad aquí, mirad bien esta foto. ¿Ya? Ajá. Bien. Prosigamos…
¿Cuantísimo me puede gustar esta fotografía? En serio, es terrible, la utilizaría para absolutamente todo. ¿Me dejarán usarla cuando me renueve el DNI? Ojalá sí.

A ver, parad aquí, mirad bien esta foto. ¿Ya? Ajá. Bien. Prosigamos…
¿Cuantísimo me puede gustar esta fotografía? En serio, es terrible, la utilizaría para absolutamente todo. ¿Me dejarán usarla cuando me renueve el DNI? Ojalá sí.



Noviembre, 11 de la mañana. Grand Palais de París. Exposición de Miss Dior. Dos horas de cola.
Lee la primera parte

Montparnasse, diez de la noche y yo volviéndome a casa cabreada porque ¿por qué no había aparecido? Y lo más importante: ¿por qué no me funcionaba el móvil? Que anda que se estropea cuando estoy haciendo la compra. NO, lo hace la noche que he quedado con Chace Crawford. Hay que joderse.
—¿Dónde estás? ¿Nos vemos debajo de la torre?
(Buen momento el de llegar a casa para volver a tener línea, cobertura, Internet y todo ¿eh?)
