
No sé muy bien cómo contar los últimos acontecimientos, así que voy a ponerme a ello y ya se me irá ocurriendo sobre la marcha. (Debería haber bebido un poco para soltarme. ¿Debería beber ahora?)
Por favor, que existe un Instagram con buenorros parisinos en el metro y nosotros sin saberlo, que estamos aquí apollardaos, de verdad.

Sí, petits, el último calvario: una cuenta de IG dedicada a los tíos buenos del metro de París. ¿Nos suicidamos ya? Bueno, ¿me dejáis que me suicide yo? Es que, en serio, yo no sé qué he hecho para merecer esto.

Recojo a toda prisa y corro a encender el ordenador. En estas cosas de escribir y bloguear hay que ser muy rápida y ponerse enseguida, sin nada que te distraiga. Dios no quiera que te pongas a revisar los mensajes de Facebook y te hayan soltado alguna bomba y adiós a la pedazo de historia que tenías que contar. Que no es que se te olvide la historia, ni siquiera que haya cambiado lo más mínimo, pero se pierde toda la gracia al contarlo. Es un poco como aguantarse las ganas de estornudar. Poderse, se puede, pero luego si lo intentas no te sale y si lo consigues no te quedas tan a gusto.
